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Notas de prensa

Revista Ñ - 9 de diciembre de 2014

Jinetes y alta sociedad en el hipódromo

Por Ivanna Soto

Roy Hora. En esta entrevista, el historiador habla del turf como un escenario de cruce de la alta sociedad y las clases populares en el inicio del siglo XX.

La Argentina supo ser una nación burrera por excelencia. Mucho antes que cualquier otro entretenimiento, el turf fue el mayor espectáculo deportivo de la Argentina preperonista. La cantidad de gente que asistía, el volumen de las apuestas, la magnitud de recursos que movilizaba, el interés que suscitaba y el eco que tenía en la opinión pública, lo demuestra. Nacido por iniciativa de aficionados extranjeros, se consagró de la mano de la poderosa elite nativa. Pero no fue, como se cree, un deporte meramente elitista sino que las masas jugaron un papel fundamental en las características que adoptaría en nuestro país desde sus inicios. Así lo muestra Historia del turf argentino (Siglo XXI), del historiador Roy Hora, quien a través de las transformaciones dentro del hipódromo narra una historia social de la Argentina, justamente por ser el principal escenario de encuentro entre la alta sociedad y las clases populares durante la primera mitad del siglo XX.

–¿Qué papel jugó nuestra idiosincrasia en la configuración del turf con su doble condición de pasión elitista y afición popular?
–Desde tiempos remotos, la Argentina fue el país del caballo: en el siglo XIX había más caballos que habitantes y, además, eran todos similares. Era una democracia ecuestre. Por eso las clases populares tuvieron una relación íntima con estos animales, y esa fue la materia prima con la que se forjó el turf. Pero mientras que en Europa el caballo era un emblema del mundo aristocrático, acá lo era del popular, y por eso hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX las clases altas ignoraron las carreras. Recién con la llegada de costosos ejemplares importados –los purasangre– se abrieron los caminos del caballo popular y el de elite, y allí fue posible construir una cultura del caballo dominado por los poderosos. Pero para alcanzar este objetivo, también fue necesario disciplinar, ponerle la pata encima, al mundo del caballo popular. Y eso es lo que hizo el Jockey Club, fundado en 1882, con el argumento de contribuir al mejoramiento de la raza caballar. El hipódromo era visto, entonces, como un emprendimiento de relevancia pública.

–Pero funcionaba sobre todo como formador de la imagen pública de la clase alta...
–Claro, fue el gran escenario en el que la clase alta se exhibía ante un público de masas. Esto es lo que quería Carlos Pellegrini, creador del Jockey Club y animador del turf elitista. Entre la tribuna de socios del Jockey y la popular se daba un intenso juego visual. Concebido como un educador de costumbres, sirvió para realzar la presencia pública de la elite y forjar representaciones sobre cuestiones referidas a poder y autoridad, sofisticación y elegancia. El hipódromo fue entonces el gran teatro del poder de la Argentina oligárquica, donde se representaba una visión de la sociedad y donde muchos aprendieron la gramática de la diferencia social.

–¿Cuál fue el impacto de los medios, tras el éxito de la prensa popular y cronistas como Last Reason, en la popularización del turf?
–La relación entre turf y prensa tiene dos momentos. En el primero, entre 1880 y 1910, la prensa veía al turf con los ojos de la elite propietaria. El hipódromo era concebido como una expresión de la sofisticación alcanzada por la sociedad argentina, tanto en el plano productivo como en el social. Esta deferencia hacia la elite desaparece en la década de 1920, cuando la prensa comienza a criticar al Jockey Club. Lo que antes era un emprendimiento de relevancia pública se volvió un simple espectáculo, muy popular, pero con la peculiaridad de que el dinero de los espectadores iba a parar a los bolsillos de los ricos. El cambio se explica porque el país se estaba volviendo socialmente más democrático. Uno de los indicadores de esa mutación es el éxito de la prensa popular y populista, cuyo exponente característico es Crítica . Allí está Last Reason, el más talentoso de los cronistas del hipódromo. Gran defensor de las carreras en tanto entretenimiento popular, él y muchos otros periodistas posaron su atención sobre personajes que hasta ese momento habían estado en un segundo plano: cuidadores, peones y, sobre todo, las nuevas estrellas de la pista: los jockeys.

–¿Y de qué modo el reconocimiento social de estas figuras subalternas redefinió su relación con los propietarios y los espectadores?
–Era inevitable que los propietarios siguieran concentrando atención, porque sin hombres de fortuna y sin caballos, no había espectáculo. Para un historiador, esto hace al turf interesante: los ricos siempre tienen un lugar en la pista. Pero desde los 20 van a tener que negociar de otra manera su relación con los jockeys. Hasta los años del Centenario, los jinetes eran figuras de estatus muy subalterno. Pero esa condición fue construida, no estaba en la naturaleza de la función del jinete, sino que hubo iniciativas muy específicas de los propietarios y del Jockey Club para restarles protagonismo: vestirlos con el uniforme de sus patrones, prohibirles festejar sus triunfos, feminizarlos quitándoles su bigote, que entonces era un distintivo de masculinidad. Todo ello servía para enfatizar que el que ganaba era el caballo, y eso reenviaba al poder del propietario, que era el que después lo paseaba y recogía los aplausos. Esa posición marginal del jinete es lo que va a cambiar: hasta entonces visto como un chofer, va a ser erigido en la categoría de ídolo popular. Entonces, los primeros miembros de las clases populares convertidos en ídolos deportivos son estos personajes chiquititos, oscuros, frecuentemente analfabetos y asociados al mundo rural. Es decir, que reúnen todos los estereotipos negativos con los cuales la cultura argentina destrata a las clases populares.

–¿Acá se puede empezar a hablar de una apropiación identitaria del turf por parte de las clases populares?
–Cuando aparecen estas figuras el turf ya tenía tres o cuatro décadas como primer espectáculo deportivo del país. La “carrera del siglo”, en 1918, muestra cuán poderoso era su atractivo, pero también que la atención seguía focalizada en los caballos y los propietarios. La “carrera del siglo” es Botafogo y Grey Fox, pero también la disputa entre sus propietarios, Diego de Alvear y Saturnino Unzué. Desde los 20, no sólo los propietarios pierden protagonismo y emergen los jinetes, sino que el espectáculo crece en muchas direcciones y empieza a ser narrado en lengua plebeya. Se expande por todos lados: está en el tango, pero también en la prensa popular, como metáfora para hablar de temas muy diversos, como la competencia política. En esos años se consagra esa fórmula peculiar, “los burros”, que deja en el olvido la vieja idea de que el turf sirve a la mejora de la raza caballar, que ahora es invocada de manera irónica. Esta victoria popular en un escenario que había sido el principal baluarte de la presencia pública de la elite sugiere que el hipódromo no fue un receptor pasivo de los procesos de cambio social y político de las décadas de entreguerra. Este desafío al turf elitista, más que un simple reflejo de lo que pasaba afuera, fue un hito en la formación de una sociedad más democrática.

–¿Por eso fue posible el reconocimiento masivo de Irineo Leguisamo como ídolo popular?
–Definitivamente. Leguisamo es una figura central en la historia de la cultura popular. Los grandes turfmen hacían cola para que él les corriera los caballos, y él decidía cuáles montaba y cuáles no. Y eso no era un dato secreto, pues sucedía ante la vista de 50 o 60 mil personas. Y pese a que tuvo ese poder, siempre permaneció fiel a la cultura popular, a distancia del mundo de los propietarios, incluso de los que lo cortejaban. En un sentido fue conservador, ya que no utilizó el poder social que poseía para desafiar abiertamente las jerarquías de autoridad que reinaban en el hipódromo y desbordaban hacia muchos otros ámbitos, pero seguramente le permitió a mucha gente imaginar de otra manera su propia relación con los poderosos. Por eso Leguisamo es importante: invitó a concebir de otra manera la relación entre clases populares y elite social.

–¿El peronismo logró propiciar las condiciones para desafiar las jerarquías con la imposición del sindicalismo dentro del hipódromo?
–Al peronismo le molestaba la elite del turf. Durante años la ignoró y en ocasiones la humilló, y también sindicalizó al hipódromo, creando una estructura de autoridad paralela a la dominada por el Jockey Club. En el turf no existía poder sindical, porque la izquierda no se había metido en un ámbito que rechazaba por razones morales, y también porque los jinetes exitosos, cuya colaboración era necesaria para enraizar la organización sindical, no querían socializar su poder. Pero no logró demasiado, y el cambio drástico vino en 1953, como un coletazo de lo que pasaba afuera. Cuando el conflicto entre el gobierno y la oposición cobró gran intensidad, Perón tomó la decisión de expropiar San Isidro, Palermo y la sede del Jockey Club. El hecho de que se haya expropiado al Jockey Club y no a otros clubes elitistas –ni el Círculo de Armas ni el Club del Progreso–, nos dice algo sobre las percepciones populares respecto de qué era el turf y quién pagaba los lujos de los socios del Jockey Club. Los hipódromos fueron estatizados, pero siguieron funcionando. Y es que el peronismo, por su naturaleza culturalmente populista, no tenía críticas de fondo que hacerle al turf. Formaba parte del repertorio de entretenimientos populares que consideraba legítimos, y no tenía el tipo de objeciones morales que para entonces ya dominaban a las clases medias.

–¿Por qué esa crítica moral que se encarnó en las clases medias se disparó especialmente sobre el turf y no sobre el mundo de las apuestas en general?
–La crítica moral al turf fue un síntoma de la afirmación identitaria de ese grupo. Le sirvió a la clase media para marcar su diferencia tanto respecto de las clases altas –a las que describe como parásitas incapaces de esfuerzo productivo–, y también respecto de las clases populares –a las que denuncia por negarse a tomar el camino de la autoelevación a través del trabajo y la educación que para las clases medias fue tan fundamental como vía de perfeccionamiento individual y ascenso social. Entonces, el turf suscita mucha crítica en las clases medias porque vehiculiza una ideología que pone de relieve su superioridad moral de clase.

–¿Tiene alguna significación social el turf en la actualidad?
–Desde mediados del siglo XX, el turf se achicó. Su retroceso fue un fenómeno global, no sólo argentino. El ascenso del automóvil le quitó brillo y suscitó nuevas pasiones. El turf fue exitoso mientras la población conocía de caballos; sin contacto cotidiano con estos animales, se hizo muy difícil captar el atractivo del espectáculo. Y por otro lado está el surgimiento de una oferta deportiva de enorme atractivo, en la que en Europa y América Latina el fútbol es rey. En lugares como Inglaterra, otro gran país hípico, el turf se conservó algo mejor porque la elite tradicional mantiene más prestigio que entre nosotros, empezando por la monarquía, que es muy hipofílica. En nuestro país, el turf sobrevive gracias a los apostadores más que a los conocedores y los amantes del caballo. Es una parábola un poco triste para lo que fue en su momento una marca distintiva de nuestra elite y una gran afición popular.

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