búsqueda



» búsqueda avanzada

Notas de prensa

Tiempo Argentino - 16 de noviembre de 2014

"Naturalmente todos somos creyentes"

Por Yésica De Santo

El científico y divulgador de la ciencia acaba de publicar su nuevo libro, Las neuronas de Dios. Sostiene que el hombre cree para encontrar una solución a la certeza de la muerte y como una forma de trascender. Postula que el ateísmo es un fenómeno de la cultura.

Habrá quien se quede esperando la respuesta a la pregunta si existe Dios, si es barbudo, o si está en el cielo con diamantes. No la busquen aquí. Aunque nunca está de más recordar al maestro Brencht (poeta alemán) cuando escribió: '¿Existe Dios? Si lo necesitas, existe', y vive en nuestro cerebro." De esta manera, el científico Diego Golombek presenta a su nueva criatura, Las neuronas de Dios, un título atrapante y un libro para devorar de principio a fin, y releer.
En la bajada se resume de forma exquisita: "Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel". La obra conformada por cinco capítulos y un interludio hace transitar al lector por diferentes experiencias relacionadas con las creencias místicas y la religión e invita de forma amable a mirarlas y analizarlas desde la ciencia.
Diego se recibió de doctor en Biología, trabaja como profesor titular regular de la Universidad Nacional de Quilmes, y como investigador principal del CONICET. En 2007 ganó el premio Konex por su tarea de divulgación científica. Es editor y director de la colección de libros "Ciencia que ladra", que lleva vendidos más de un millón de ejemplares, y participó en el programa "Científicos Industria Argentina", y condujo diferentes ciclos televisivos como Proyecto G en el canal Encuentro, y El cerebro y yo, programas que, como él mismo reconoce, le brindaron la suficiente popularidad como para ser reconocido en la calle y recibir felicitaciones. Y le sucede justo antes de comenzar esta entrevista. Diego está parado frente a la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe en el barrio de Palermo, un joven estudiante de musicoterapia se acerca, y haciéndole reverencia larga un "gracias, loco, sos un genio". Golombek explica que durante mucho tiempo trabajó en una cátedra de la carrera de musicoterapia en la UBA, pasión que nació a través de su amor por la guitarra, y su paso por el conservatorio, y dice: "La verdad no sé cómo me hice científico", y continúa: "También hice teatro, y a los 15 años trabajé en la redacción del Buenos Aires Herald, en donde escribía sobre criquet, hóckey y rugby. Luego, la vida me fue llevando al que soy."
Hace más de un mes que no tiene respiro. Tal y como suele sucederles a los escritores en la previa de la presentación de sus creaciones, las reuniones abundan, así como las entrevistas de prensa, y requerimientos varios. Recién llegado de un viaje y con el compromiso de partir hacia otro destino ni bien finalice la charla, Diego Golombek, uno de los científicos más reconocidos de este país, y dueño de una pedagogía que da envidia, atiende a cada pregunta y no escatima en explicaciones detalladas sobre su nuevo libro.

–¿Las neuronas de Dios surgió a raíz de una pregunta existencial y personal sobre las creencias?
–No. Fue más una cuestión de comunicación, de difundir ciertos conocimientos que no fueron difundidos en la Argentina y sí han circulado mucho por el mundo. Me interesan los temas de la ciencia que tratan sobre cosas cotidianas, y para mucha gente la religión es algo de la vida cotidiana. Decir que en la religión hay ciencia puede llevarte a reflexionar, y decir este que soy yo, este cerebro que soy también tiene que ver con mis creencias. A su vez, puede ayudar a la gente a entender por qué le pasa lo que le pasa, que es una de las funciones de la ciencia.
–¿Creer es natural del ser humano?
–La creencia, sí. La religión tiene componentes sociales y culturales también. Por ejemplo, si en la selva tenemos miedo por un ruido, qué mejor que tener un cerebro preparado para creer que allí hay algo y escapar o intentar defenderse. Imaginemos si los aztecas hubieran dicho: "este año no hagamos sacrificios a ver qué pasa…" ¡No! de ninguna manera. Por las dudas creamos, habrán dicho. Nuestro cerebro es un buscador permanente de causas. Un día tenés un prendedor puesto y gana tu equipo, entonces por las dudas lo seguís usando, seguís creyendo. Sabemos que es irracional.
–¿Por qué seguimos creyendo?
–La fe nos hace humanos y nos ayuda a "encontrar" la solución a la muerte, que es uno de los motivadores para que exista la religión. Si la muerte es nuestra única certeza, lo demás son ilusiones, pero nos encantan, así como encontrarles significados trascendentales.
–¿Existe entonces la ciencia de la religión?
–Sí. No me cabe duda, y es la que yo quiero oponer a la ciencia versus la religión. Pero es relativamente reciente por el tipo de tecnologías que se necesitan. Ahora podemos ver el cerebro desde afuera y buscar asociaciones entre diferentes áreas y entender qué pasa en el cerebro que ve visiones, el cerebro que reza, el que cree, el que piensa que está hablando con su dios, y analizar qué zonas se activan en esas situaciones.
–¿A qué te referís con las "neuronas de Dios"?
–Lo uso como metáfora para explicar los procesos neuronales que se ponen en juego en algunas situaciones ligadas a la religión. Las neurociencias van identificando circuitos cerebrales que podrían ser el origen de las experiencias religiosas; por un lado, cambios en la actividad eléctrica de ciertas áreas pueden dar por resultado visiones místicas y, por otro lado, algunas actividades espirituales (rezos, mantras, danzas rituales) pueden dejar estampa en nuestras mentes. El rezo, por ejemplo, es un fenómeno en el que se activan áreas del cerebro –frontal y temporal e inhibición parietal derecha–. También se activan áreas relacionadas con el lenguaje hablado. Un grupo de investigadores de los institutos Nacionales de la Salud de los Estados Unidos partió de la hipótesis de que la religiosidad podía medirse como variabilidad en el volumen de la corteza cerebral. Descubrieron que el sentimiento de una relación íntima con Dios se asoció con un aumento de volumen de la corteza temporal, mientras que el temor a Dios se relacionó con la disminución de otras áreas cerebrales, como el precúneo (parte de la corteza parietal) y la corteza orbitofrontal (región del lóbulo frontal). La dimensión emocional de todas las experiencias religiosas también se manifiesta en la activación del sistema límbico que está en la base de emociones como la rabia, el miedo, y el éxtasis. Cuando una imagen religiosa genera una sensación espiritual, las áreas de asociación visual o auditiva conectan estas señales externas a las emociones que se hayan experimentado a lo largo de la vida. Quienes experimenten lo sobrenatural seguramente ya tengan una estructura psicológica propensa a estas experiencias (educación religiosa, historia familiar que ayude a dar sentido a las voces que escucha, o a las visiones).
–¿Y qué sucede con aquellos que afirman haber vivido una situación cercana a la muerte, por ejemplo haber visto un túnel, una luz?
–La oscuridad al final del túnel es un tipo de angustia existencial que pide por una solución. Entonces el hombre se dice: la muerte no es el final, sino sólo una instancia hacia otro lado. La certeza de la muerte y el miedo a ella, conducen a la creencia en lo sobrenatural. La hipoxia generada en un ataque cardíaco (falta de oxigeno) parece suscitar la sensación de cuerpo fuera del cuerpo, alucinaciones y luces. Si el ojo no está recibiendo sangre va a cerrarse, he ahí el túnel, y los destellos de iluminación que recibe la retina podrían ser la luz al final del mismo. Con respecto a la visualización del cuerpo desde arriba, si nos suministran una corriente eléctrica o estímulo magnético en áreas muy específicas del cerebro podremos vernos desde arriba.
–¿Dios también se anuncia de forma química?
–Claro, las llamo las drogas de Dios y doy el ejemplo del peyote o la ayahuasca. Tuve la oportunidad de participar de un ritual con ayahuasca, porque tenía que saber de qué se trataba. A Dios no lo vi, pero vi a los demás encontrando a sus propios dioses. Casi todos los fármacos que afectan al sistema nervioso actúan sobre la sinapsis, el mecanismo más usual de comunicación entre dos neuronas. Hay alucinógemos que permiten analizar los mecanismos neuronales de las experiencias místicas, como es el caso de las triptaminas. Las neuronas dopaminérgicas se originan en áreas profundas del cerebro y lo recorren hasta inervar varias zonas de la corteza, incluyendo las cortezas frontal y prefrontal, que se activan durante experiencias religiosas. Sobre lo que cada uno alucine dependerá de las historias personales, de cada cerebro y de lo que pasa alrededor. Aunque uno no sea religioso puede tener alucinaciones místicas.
–¿La creencia puede ser genética?
–Es un poco de todo. Es contexto, cultura, educación, ambiente y genes, aunque este último no posee demasiadas pruebas. Existe un estudio de gemelos criados en diferentes ambientes que habla de una heredabilidad del 55 por ciento. La incidencia aún no fue investigada con profundidad.
–¿Y el gen de Dios?
–Quien habló del gen de Dios fue el genetista Dean Hamer. Se trata del VMAT2, un transportador de dopamina. Pero hay que tomarlo con pinzas. El trabajo indica que algunas variaciones de ese gen transportador de dopamina podrían tener que ver con la religiosidad. Este gen con citosina en una posición determinada puede, como mucho, dar una ligera propensión a que nuestro cerebro actúe de cierta manera, a que los circuitos neuronales se activen de forma diferente frente a las creencias en algo trascendental o religioso, pero no podemos afirmar que nos vuelva creyentes.
–¿Pensás que los creyentes podrían sentirse decepcionados al encontrar explicaciones científicas a sus creencias?
–No. No creo que el creyente se vuelva cientificista por leer un libro, pero sí que pueda reflexionar un poco, que pueda separar los fenómenos más publicitarios, marketineros de la religión, las visiones místicas, que claramente son manifestaciones sobrenaturales, de los fenómenos que les suceden individualmente. La pretensión no es evangelizar ni mucho menos. El libro puede causar mucha curiosidad, no creo que mine ninguna creencia.
–Afirmás que la ciencia se metió con la religión tantas veces como la religión se metió con la ciencia. ¿Creés que el libro podría reconciliarlas?
–No sería ser objetivo pensar que podrían reconciliarse porque me parece que son irreconciliables. Las bases de cada una de ellas lo son. Intento hacerlas dialogar, pero es un diálogo asimétrico porque es la ciencia hablando de la religión, una mirada de un campo sobre el otro. pero los pedestales sobre los que están parados ambos paradigmas son muy diferentes y es imposible que se junten.
–¿Y qué pasa con los científicos religiosos?
–Y… están en problemas. Si se interrogan profundamente tienen que admitir que su ciencia llega hasta cierto punto, y más allá vaya a saber. Ese límite no es epistemológico. No es aceptable para la ciencia decir que hay límites, porque no hablamos de que sea difícil o que no contamos con las herramientas, sino que es algo que no puede tener objetivos científicos. Creo que este punto debería, al menos, hacer dudar al científico religioso.
–Te reconocés ateo, pero ¿en algún momento de tu vida creíste en Dios?
–Creo que el ateísmo es un fenómeno cultural. Se aprende a serlo, pero naturalmente somos creyentes y yo me siento así. Fui un niño creyente, no militante, tampoco tuve una educación religiosa, más allá de lo social, de comulgar y estar cerca de gente del palo, pero no fui a escuela religiosa, ni mucho menos. Con el tiempo, las evidencias naturales se me hicieron demasiado notorias y demasiado fuertes como para oponerme a las mismas. Fui, como diría una canción de R.E.M, perdiendo mi religión ("Losing My Religión"). Pero alegremente.
–¿Recordás el momento en que la perdiste por completo?
–No. Pero sí recuerdo cuando hice consciente por primera vez el hecho de escuchar la voz interior, esa que nos habla desde adentro y que tiene que ver con nuestro ritmo cardíaco y la respiración, y el pensamiento. Recuerdo que me di cuenta que esa voz tenía ver con una razón fisiológica. Fue un golpe fuerte. Recuerdo que dije, "che, pero este dios habla cuando yo respiro. Si dejo de respirar, no habla."
–¿Creés que vas a recibir críticas por parte de religiosos?
–Sí. Ya recibí algunas, pero bastante medidas. En la presentación que tuve hace poco en Neuquén vi muchas caras de perplejidad, y me decían "vos venís con la religión de la ciencia". Pero yo les explico que lo que hago es foco sobre un pedacito del cerebro que ayuda a comprender un fenómeno tan complejo como la religión. Cuando te colocás en el lugar de ciencia vs. religión y va el científico con la antorcha de sabiduría a decir que los otros son una manga de nabos, ahí es cuando la ciencia se equivoca. Nadie quiere ser evangelizado. Es totalmente estéril tratar de evangelizar con ciencia.
–¿Alguna vez te fue imposible explicar algo científicamente?
–Sí. A veces no contamos con tiempo o con las herramientas correspondientes, y otras veces sucede que las preguntas que nos hacemos no son científicas, como la pregunta de si existe Dios.
–Si creer es una forma de vernos trascendidos más allá de la muerte y superar semejante angustia, al ser ateo, ¿de qué manera buscás reconfortarte?
–Escribo libros. Eso y mis hijos me hacen quedar tranquilo con respecto a la trascendencia. Todo eso me llena más que a lo que otros puede llenar la vida eterna. Además, ¡qué aburrida la vida eterna! «

La propuesta

El libro propone un viaje al corazón de las creencias, una mirada interesante y novedosa de la ciencia sobre la religión, de la fuerza de la razón y la fuerza.

» volver a notas de prensa

 

anticipo novedades

Neurociencias para presidentes

» lea un fragmento aquí

recomendado

cuando la ciencia despertaba fantasías

de Soledad Quereilhac

Por Marcelo Figueras

» ver reseña

seguinos en

seguinos en Facebook seguinos en Twitter seguinos en YouTube seguinos en LinkedIn

| home | agenda | novedades | autores | prensa | contáctenos | Siglo XXI México | Anthropos / España |

Desarrollado por Kaleido Group